Actitudes psicológicas ante la muerte y el duelo

Actitudes psicológicas ante la muerte y el dueloLa muerte ha sido siempre, y es, para el hombre, un tema de profundas reflexiones y
meditaciones, tanto desde la perspectiva filosófica y religiosa a, la más actual, científica… sin embargo
en las sociedades industriales avanzadas cada vez es más difícil el convivir o el aceptar la mera
idea de la muerte [1]; como veremos, el concepto y las actitudes hacia la muerte han venido sufriendo
una “evolución” en los últimos siglos y, sobre todo, en las últimas décadas de modo que su mismo
espectro semántico se ha visto falseado y alienado de forma reductiva [2].
Así las cosas, hasta una enfermedad que sea comúnmente considerada como sinónimo de
muerte hay que ocultarla y negarla, recurriendo al engaño [3], en la complicidad -incluso- de que a los
moribundos es mejor ahorrarles la noticia de que se están muriendo, llegando a concebirse la buena
muerte como una MUERTE REPENTINA, mejor aún si estamos inconscientes o durmiendo [4].
Todo ello se ha ido fraguando a la grupa de la revolución industrial y sus postrimerías,
en una evolución -como veremos- contradictoria y en franco “RETROPROGRESO” que diría
Pániker [5] que ha alcanzado todos los tejidos sociales, viviendo en la actualidad en una sociedad
TANATOFÓBICA, en la que, paradójicamente, hasta los Profesionales Sanitarios, presos de
su propio entorno cultural, tienen también miedo a la muerte [6] a veces más que los propios
enfermos.
Con todo ello solo se ha conseguido y se consigue una burda fantasía de negación (como
en el caso del niño pequeño que, jugando al escondite, se tapa tan solo la cara y como él no ve a
los demás piensa -en un proceso de pensamiento mágico-animista- que los demás no le ven a él)…
y es que, nos guste o no, LA MUERTE ES, DE TODAS LAS CERTEZAS, LA MÁS ABSOLUTA. Con
este intento de ocultación y de negación nos embutimos en ese retroproceso evolutivo (retroprogreso)
que nos aboca a estadios menos maduros e inferiores del proceso evolutivo de las actitudes
hacia la muerte, puesto que como nos explica Aranguren [7], en las actitudes hacia la muerte habrí-
an dos estadios antagónicos: LA TANATOFOBIA (con el temor y la negación de la muerte) y la
TANATOFILIA (con el deseo enfermizo de morir), junto a dos niveles intermedios; uno que afronta
la realidad de la muerte de forma racional y juiciosa, sin incurrir en negaciones absurdas (que sería
la opción más saludable) y otra que incurre por derroteros prefóbicos de verdadera angustia hacia
la muerte, evitando incluso su mera evocación, lo cual en el fondo es un verdadero sinvivir, puesto
que ya no es la muerte sino la propia consciencia de la muerte lo que constituye un problema no
pudiéndose mirar ya cara a cara a la muerte (“a la muerte igual que al sol, no se la puede mirar de
frente más allá de unos segundos” nos decía De La Rochefoucauld [8] olvidando que esta es una
“parte natural de la vida” [9], puesto que como nos dejó dicho Carlos Cano [10] “no hay nada que
acerque más a la vida, que rozar las alas negras de la muerte”.
Así hemos retrocedido, al socaire del “progreso”, de actitudes más saludables a las actitudes
prefóbicas del “sinvivir” por temor a la muerte y a la fóbica de su negación [11].
2.- CAMBIOS SOCIOCULTURALES:
Las actitudes hacia la muerte -al menos en Occidente- han seguido un devenir proceloso
y cambiante (para un jugoso y documentado acercamiento al tema recomendamos el apasionante
y riguroso trabajo de Philippe Aries, “El hombre ante la muerte” [12] así como todos los del mismo
autor sobre el mismo tema). Así en Occidente podemos diferenciar dos momentos bien distintos

en la forma de vivencia de la muerte: uno previo a su INSTITUCIONALIZACIÓN (hospitalaria), en
el que la muerte no infunde miedo porque esta es aceptada como parte del proceso natural de la
existencia [13] y otro, a partir de 1930, más o menos, cuando debido al desarrollo y extensión de
las primeras estructuras hospitalarias comienza a ser una institución, El HOSPITAL, el lugar reservado
para morir. [14].
Podemos remontarnos a la Grecia clásica, al mundo romano, paleocristiano y a la Edad
Media y veremos como el fenómeno de la muerte es percibido como algo lógico, asumible, tolerable
y no desesperanzador [15]. Como nos recuerda Antonio Gala, “en la tan mal llamada Oscura
Edad Media los hombres vivían y morían de verdad, con los ojos abiertos… A la vez se escribían
libros del Buen Amor y libros del Buen Morir” [16], ejemplos claros son el Arcipreste de Hita y el
mismo Jorge Manrique. No solo el moribundo era conocedor del proceso de su muerte, sino todos
sus familiares e incluso el pueblo: su muerte acontecía en presencia de todos, y es que para el hombre
medieval la muerte era un acto solemne y público, en el que el moribundo era el protagonista,
y en el que el hombre podía demostrar el verdadero valor de su vida de una manera sincera y sin
máscaras [17] (como decía Petrarca, “Un bel morir tutta una vita onora”).
Uno de los principales cambios se ha dado precisamente en la consciencia e información
sobre la propia muerte. Antaño, hasta hace unas décadas el enfermo era el primero en saber que iba
a morir (“sintiendo que su final se acercaba”…). Hoy la tónica imperante es el ocultarle la gravedad de
su enfermedad y no hablarle de la muerte ni por asomo. ¡Que lejos nos queda la vieja jaculatoria “A
subitanea et improvisa morte libera nos Domine”! y es que la “buena muerte” (aquélla de la que hablan
los libros del “Buen morir”) consistía en que, si el agonizante no advertía la llegada de sus últimos
momentos, esperaba que los demás se lo advirtieran para poder preparar todos sus asuntos tanto personales,
como sociales y religiosos [18]. Hoy, por el contrario, la institucionalización médico hospilataria
de la muerte ha hecho de ella algo clandestino, invistiendo al morir del más tupido anonimato.
Así hasta mediados del siglo XX la muerte solía afrontarse en el domicilio familiar y esto
hacía que hasta los niños la vivenciaran como algo normal dentro del proceso vital. La muerta era
vista como la parte terminal de la vida, no como algo amenazador y extraño [19].
Sin embargo, en las últimas décadas hemos investido a la muerte y al morir de todos nuestros
más inconfesables temores y la hemos desterrado, apartándola de nuestra existencia, sacándola
de nuestras casas, eliminándola incluso de nuestro lenguaje (no sea que la atraigamos al nombrarla).
De este modo “hemos comenzado a alejar e incluso a ocultar la muerte construyendo
TANATORIOS que sustituyen los antiguos velatorios del hogar, sin darnos cuenta de que la muerte
implica vida y al suprimir un término, languidece el otro”, como nos avisa la antropóloga María Cátedra
[20] se enfatiza la vida y se oculta lo que hoy certificamos como la SINRAZÓN O EL ABSURDO
de la muerte, olvidando que una no se puede entender sin la otra (“el olvido de la muerte es
la deserción de la vida misma” nos advierte Unamuno [21]).
En efecto todo lo que nace muere y todo lo que muere ha nacido, de modo que nacemos
enfermos de muerte como se nos recordaba en Hamlet… Sin embargo hoy no solo tememos a la muerte,
sino que la rechazamos y la negamos [22]. En este ritual de negación, de verdadera “defensa perceptiva”
se ha expulsado a la muerte del horizonte de lo cotidiano confinándola al universo de la subcultura
hospitalaria, entre vidrios, catéteres y batas blancas, abocando a las Ciencias de la Salud -en feliz descripción
del Profesor Terradillos [23]- a ejercer el nuevo arte estéril de alargar las agonías.
Este cambio actitudinal ha impregnado también -como no podía ser de otra forma -los
esquemas biomédicos, que han participado así mismo en el ritual. Como recoge Cioran [24], antes
en la ciencia sanitaria se definía la vida como el

CONJUNTO DE FUNCIONES QUE NOS ARRASTRAN A LA MUERTE“… hoy esta sentencia ha sido reformulada de la siguiente guisa:

“LA VIDA ES EL CONJUNTO DE FUNCIONES QUE SE RESISTEN A LA MUERTE”.

Actitudes psicológicas ante la muerte y el dueloEn esta segunda acepción intentamos frenéticamente “resistir a la muerte” con tecnologías y prótesis biomédicas, aunque solo logremos
mantener vivo a un vegetal, incurriendo en el más cruel encarnizamiento terapéutico. Eso sí, exigiéndole
dependencia y plena sumisión al ritual al propio moribundo cuyos derechos se resumen en [25]:
a) No saber que va a morir, y
b) Si lo sabe comportarse como si no lo supiese.
La “discreción” es la versión moderna de la dignidad: la muerte debe ser silenciosa y no debe
crear problemas a los supervivientes. El ideal es desaparecer de puntillas, sin que nadie lo note. Esta
es la actual “dulce muerte” del hombre masa moderno [26] siempre -paradójicamente- solo.
Como nos dice Aries [27]: “los hombres o bien intentan ponerse al abrigo de la muerte,
como se ponen al abrigo de una bestia salvaje en libertad, o bien le hacen frente, pero están reducidos
únicamente a su fuerza y a su coraje, en un enfrentamiento silencioso, sin el auxilio de una
sociedad que ha decidido de una vez por todas, que la muerte no es su asunto”.
2.1.- Las claves del cambio:
Las claves de este cambio (retroprogreso) hasta ahora descrito se podrían sintetizar, sin ser
exahustivos ni excluyentes, en:
a) UNA MENOR TOLERANCIA A LA FRUSTRACION: de modo que pocos admitirían
hoy la concepción del mundo o la vida como “un valle de lágrimas” y el decir, cuando
alguien muere, que “pasó a mejor vida” no deja de ser una frase hecha, una ironía o una
nueva boutade para la mayoría de la gente. En esta clave se imbrica el ansia de consumismo
y de confort, hablándosenos de estado del bienestar (aquí y ahora) y admitiendo,
tal y como hace el DSM IV [28] como un indicio psicopatológico de una vivencia o
de un estado afectivo su mera carga de disconfort, que hay que evitar a toda costa (incluso
repartiendo ansiolíticos en los velatorios, porque somos incapaces de digerir solos y
“a pelo” el sufrimiento, intrínsecamente humano, de la muerte de un ser querido)… ¡que
lejos quedan las palabras de Kraepelin cuando nos advertía que “todo ser humano ha de
gozar sus gozos y sufrir sus sufrimientos” [29]!.
b) EL AUMENTO DE LA ESPERANZA DE VIDA: lo que ha traído el corolario de restársele
cotidianeidad a la muerte, apuntalándose así la íntima fantasía o coqueteo con la
inmortalidad (Freud recordando al personaje de Tolstoi, Ivan Illich, [30] nos decía que
todos en el subconsciente somos inmortales); a lo sumo, tan solo mueren los demás y
nuestra propia muerte “larga me la fiais”… Esta fantasía colectiva ha devenido en una
especie de delirio de inmortalidad [31] que hace incluso apartar a los cementerios del
medio urbano, en la complicidad de que así la muerte no nos alcanzará.
c) EL CULTO A LA JUVENTUD: vivimos en una “sociedad olímpica” [32] en la que los medios
de comunicación nos bombardean una y otra vez con el paradigma y modelo de gente a
imitar: jóvenes y guapos (pese a que demográficamente la población envejece, pero viejos,
enfermos y pobres son marginales…”anormales”). Así nos teñimos el pelo, vestimos como
adolescentes (cuando no nos comportamos como ellos) y nos hacemos una y otra operación
y estiramiento para parecer jóvenes… en este marco pocas ganas quedan para pensar
en algo de “tan mal gusto” como es la muerte, y menos aún la propia.

d) UNA MENOR MORTALIDAD APARENTE: en nuestro entorno hemos desterrado a la
muerte; ya no hay epidemias mortíferas, no hay hambrunas, la mortalidad infantil casi ha
desaparecido, ya no se ven entierros por en medio de las calles de la ciudad, con su
ritual pausado y a pie, como hace años. Las personas no mueren en casa y, menos aún,
son veladas en ellas… (de hecho para un hombre medio resulta difícil creer el dato de
que al día mueren en el mundo unas 500.000 personas…¿dónde? se dirá).
e) MENOS TRASCENDENTALIDAD Y ESPIRITUALIDAD EN EL HOMBRE MEDIO:
en una época de crisis de valores, de imperio del hedonismo, de pérdida de ética
(y de estética), dominando la cultura del pelotazo, confundiendo la felicidad con el
gozar y el ser con el tener, se pierde el sentido de la vida, olvidándose también el
sentido de la muerte, indefensos ante ella (diversas investigaciones al respecto nos
confirman el valor amortiguador ante la muerte de las creencias religiosas y las convicciones
espirituales [33]).
f) UNA MENOR PREPARACIÓN O EDUCACIÓN PARA LA MUERTE: como sumatorio
final de todo lo anterior nos encontramos indefensos ante la muerte, faltos de modelos
a imitar o seguir, huérfanos del necesario aprendizaje social que nos debería modelar
para poder afrontar nuestro final…. pero esto difícilmente se puede conseguir si- como
ya se ha dicho- la muerte y los moribundos se consideran algo vergonzante, oculto y
ocultable. Algo de lo que no se puede hablar, que no puede verse en el seno familiar
(ya no se muere rodeado de seres queridos y despidiéndose de ellos) que ha sido desterrado
del hogar y catapultado a la fría conveniencia aséptica del hospital convirtiéndose
en una muerte “solitaria y deshumanizada” [34].
3.- ANSIEDAD Y MIEDO ANTE LA MUERTE:
La ansiedad y el miedo son las respuestas más formalmente asociadas a la muerte en nuestra
cultura, tras los cambios antes descritos. Ahora bien estas van a aparecer con mayor o menor
peso en virtud de que se trate la muerte propia o la de otros, que sea este familiar, amigo o allegado;
pudiendo generar ansiedad tan solo el hecho de imaginar, pensar o hablar de élla.
En la descripción de la ansiedad y el miedo ante la muerte se han encontrado cuatro componentes
principales [35-39]:
a) Reacciones cognoscitivas y afectivas ante la muerte.
b) Cambios físicos reales y/o imaginarios que se dan ante la muerte o enfermedades
graves.
c) El tener la noción del imparable paso del tiempo.
d) El dolor y el estrés, real y/o anticipado, que se dan en la enfermedad crónica o terminal
y en los miedos personales asociados.
Por otro lado, como no podía ser de otra forma, la ansiedad ante la muerte está también
muy íntimamente relacionada con la historia personal y cultural y con nuestros estilos de afrontamiento
ante las separaciones y los cambios (eventos muy unidos a nuestros miedos y ansiedades)…
de hecho gran parte de los componentes arriba descritos no son más que reacciones al cambio y a
la separación.
Veamos cómo se articulan y evidencian esta ansiedad y este miedo merced a que esta sea
la muerte propia o la de otro:

3.1.- Ante la muerte propia. Etapas:
Normalmente el análisis de las actitudes ante la muerte propia suele hacerse en sujetos cercanos
a tal trance, como suelen ser los enfermos terminales, porque en ellos se ha producido el
momento de la toma de consciencia de la muerte [40], marcándose el cambio de trayectoria potencial
de muerte a la trayectoria real de muerte (todos proyectamos una trayectoria de futuro para
nuestra vida, en la que entra la posibilidad remota de nuestra muerte -de hecho no hacemos planes
a 80 años vista- sin embargo, en el enfermo terminal esta trayectoria se trunca y tras la crisis de
toma de consciencia de la muerte, se hace patente la trayectoria real de la muerte).
En estas actitudes inciden factores diversos: personalidad, duración de la enfermedad, interacción
con el personal sanitario (P.S.), edad del paciente, lugar de la asistencia, tipo de enfermedad,
entorno familiar, educación, creencia religiosa, presencia o no de dolor… sea como sea, estas actitudes
unidas al sufrimiento psíquico se articulan en torno a los dos procesos de nuestra propia muerte:
la agonía y el acto de morir como tal.
De hecho, gran parte del temor pivota sobre el proceso de la agonía y no en el
morir como tal [41]; así en esta última etapa de la vida el miedo se evidencia de las siguientes
formas [42]:
a) Miedo al proceso de la agonía en sí: la mayoría de los enfermos terminales se plantean
dudas y se angustian por si el hecho de morir les implicará grandes sufrimientos físicos
o psíquicos.
b) Miedo a perder el control de la situación: el proceso terminal vuelve al paciente cada
vez más dependiente de los demás, hasta llegar a perderse el control de sí mismo
temiendo así que todas las decisiones sobre él las tomen los demás.
c) Miedo a lo que acontecerá a los suyos tras su muerte: así se preocupan especialmente
por lo que le sucederá a su familia.
d) Miedo al miedo de los demás: como dijo un poeta “no he sabido jamás lo que es el
miedo hasta que lo vi en los ojos de los que me cuidaban”.
e) Miedo al aislamiento y a la soledad: los pacientes suelen tener miedo a estar solos a la
hora de morir.
f) Miedo a lo desconocido: la perspectiva de nuestra muerte hace inevitable el planteamiento
del más allá, ¿qué ocurre después de la muerte?.
g) Miedo a que la vida que se ha tenido no haya tenido ningún significado: si la respuesta
que el paciente se da a este interrogante no es satisfactoria, el proceso de morir es más
temido aún.
La suma de estos miedos se traduce en sufrimiento, que es un verdadero dolor (dolor psí-
quico, casi peor que el físico [43]) y esto es lo que más se teme.
En este marco, diversos autores nos exponen fases o etapas en los cambios actitudinales y
en las emociones del enfermo terminal.
– Berger y Hortolá [44] nos hablan de tres fases caracterizadas, cada una de ellas, por los
siguientes síntomas:
Actitudes psicológicas ante la muerte y el duelo. Una revisión conceptual.
§ Regresión, con pérdida de independencia y libertad, pérdida de identidad propia…
todo ello con melancolía, depresión, agresividad y culpa.
§ Repliegue sobre sí mismo, con aislamiento y pérdida del “self” y
§ Ansiedad, tanto reactiva como endógena.
– Por otro lado KÜBLER-ROSS [45] nos presenta sus tan conocidas cinco fases de negación/aislamiento,
ira, pacto o negociación con Dios, depresión y aceptación final, si se han
superado convenientemente las anteriores fases.
– Por último -sin ser exhaustivos- Pattison [46] nos indica que cuando nos encontramos en
el período de trayectoria real de la muerte, tras la toma de consciencia de la misma, se
pasan tres fases clínicas:
§ Una crisis aguda, cuando se tiene el conocimiento de que la enfermedad es
terminal.
§ Una fase de vivir/morir crónico, con ansiedad intensa (muerte en vida).
§ La fase terminal, cuando todo se va apagando junto a las señales de debilidad que
van apareciendo.
3.2.- Ante la muerte del otro. Etapas del duelo:
Pero este proceso terminal también genera ansiedad y cambios actitudinales en los familiares,
amigos y allegados… Ante este miedo y esta ansiedad se ponen en marcha ciertas estrategias
defensivas tales como:
– Eludir el problema del cuidado del enfermo trasladándolo a un hospital y no afrontando
la convivencia cotidiana con él (“Lontano dil’oquio lontano dil cuore”, dicen los italianos)
quitándose el muerto de encima y nunca mejor dicho, aunque la mayoría de las personas
preferirían morir en su casa [47].
– Otro mecanismo defensivo es el conocido como “pacto o conspiración del Silencio” [48]
evitando aludir a la gravedad de la enfermedad y a la muerte lo cual se traduce en un
mayor aislamiento del paciente.
Las etapas formuladas por Kübler-Ross también suelen aparecer en familiares y allegados,
pero no al mismo tiempo que en el paciente terminal; más aún, por razones obvias
las fases finalizan en el paciente al acabar su vida, sin embargo el proceso en los familiares y
allegados continúa más allá de este momento, generándose un proceso de duelo, con las
siguientes etapas [49]:
1) Embotamiento mental: caracterizado por la presencia de conductas automáticas y por
la incapacidad de aceptar la realidad.
2) Anhelo y búsqueda del referente perdido: aquí suelen aparecer sentimientos de injusticia,
depresión, y culpa con insomnio y ansiedad (si esto es muy intenso o crónico, hablamos
de un duelo patológico).
3) Desorganización y desesperación: suele aparecer una tendencia a abandonarse y a romper
los esquemas del estilo de vida personal.
4) Reorganización: si se van superando las fases poco a poco surge el afrontamiento y se
reorganiza la propia existencia. Pero si no se llega a esta fase el duelo se cronifica de
forma patológica (cuando la depresión/distimia supera el año tras la pérdida), aunque
manifestaciones patológicas pueden ser la ausencia de aflicción consciente (exceso de
autocontrol que pospone el duelo y no lo permite drenar) y la presencia de euforia, casi
maníaca, unida a veces a una negación de la muerte.

3.3.- En niños y adolescentes:
Los adultos y los niños manifiestan actitudes distintas y diferenciadas ante la muerte [51-52]:
§ En la infancia estas actitudes están en función del nivel de comprensión de los conceptos
en torno a la muerte (“está muy enfermo y va a morir”, “va a morir” y “muerto”) [53] así
hasta los dos años no suelen presentar reacciones graves inmediatas, aunque a veces se
ha evidenciado aflicción; sobre los 3-4 años comienza a surgir el miedo a la muerte (más
por el desamparo que les acarrearía la muerte de sus seres queridos, puesto que apenas
se asume la propia muerte).
§ En la niñez se suelen desarrollar juegos para controlar el miedo y/o la pena que les evoca
la muerte [54], también pueden producirse cambios de conductas ante la muerte de
familiares tales como: desobediencia, agresividad, mal rendimiento escolar y acentuado
interés por el tema de la muerte, a veces asociado al hecho de dormir.
Sin embargo de los 5 a los 10 años el temor a la muerte suele disminuir porque se inviste
al procedimiento de cierta trascendencia (“está en el cielo”, “está con el Niño Jesús”).
§ En la preadolescencia y adolescencia es difícil establecer pautas fijas, aunque ya se
empieza a establecer el temor a la muerte relacionado con el proceso terminal (dolor,
sufrimiento, soledad), evidenciándose poco a poco la asunción de la muerte propia.
Sea como sea, la ansiedad y la melancolía suelen aparecer en estas edades ante la idea
de la muerte propia; también es frecuente la identificación con personas del entorno,
por ello si se da una fuerte identificación con alguien que ha fallecido podría darse una
actitud suicida [55].
3.4.- Medición de la ansiedad/miedo ante la muerte:
La medida de las actitudes hacia la muerte puede llevarse a cabo mediante diversos procedimientos:
entrevistas semiestructuradas, técnicas proyectivas y escalas o cuestionarios entre las que destacan:
la Escala de miedo a la muerte de Boyar (Fods) [56], la Escala de miedo a la muerte de Collet/Lester
[57], la Escala de actitudes ante la muerte de Lester [58], el Índice de temor de Kreiger, Epsteing y
Leitner [59] y, sobre todo, la Escala de ansiedad ante la muerte (DAS) de Templer [60].
Esta ansiedad (en el caso del DAS) viene conformada por cuatro componentes [61]:
1) Preocupación por las reacciones intelectuales y emocionales ante la muerte.
2) Preocupación por el cambio físico.
3) Percatarse y preocuparse por el paso del tiempo.
4) Preocupación por el dolor y el estrés que acompañan a la enfermedad y a la muerte.
4.- ACTITUDES DE LOS PROFESIONALES SANITARIOS ANTE LA MUERTE:
Al analizar el tema genérico de las actitudes hacia la muerte no resulta gratuito el hacer una
mención específica de las actitudes del Personal Sanitario ante la muerte, yendo a la grupa de este
tema aspectos tan cruciales como los de la eutanasia y la atención y el cuidado a la persona falleciente,
siendo este último aspecto el que más nos interesa a nosotros.
Los cambios socioculturales descritos en el punto 2 también han alcanzado, como no podría ser de
otro modo, al P.S.; al socaire de tales cambios, las principales actitudes en torno a la muerte del P.S.
se centran en:
a) NO QUERER NOMBRAR A LA MISMA MUERTE y, por asociación, tampoco a las patologías
o males que creemos que la atraen [62]. Así se establece todo un ritual de la hipocresía
y de la ocultación que culmina en enmascarar la verdad al paciente sobre su esta

do terminal, con una falsa piedad que se racionaliza para “evitarle angustias al enfermo”,
cuando, a la postre, lo que sí se evita es la angustia al PS que así se libera de ejercer una
comunicación para la que no está preparado y de ser el “mensajero de la muerte”… y
es que como dice Kasper [67] “parece que los médicos tienen más miedo a la muerte
que los enfermos”.
Lógicamente algunos pacientes y, sobre todo, los familiares son cómplices complacientes
en este ritual de la mentira.
b) NO MIRAR CARA A CARA AL ENFERMO y evitar su contacto; como segunda consecuencia
no solo no se quiere pensar en la muerte o no nombrarla, sino que muchos
sanitarios no miran cara a cara, y sobre todo a los ojos, a los pacientes moribundos…
por temor.
Lo grave es que el enfermo lo nota y se ve a sí mismo como desahuciado, como
un apestado (separado, a veces, del resto de una sala por una cortinilla).
Hay que resaltar la INCONGRUENCIA que supone el que a nivel de Comunicación
Verbal se le diga que no tiene nada y a través de la Comunicación No Verbal se
le diga lo contrario [64].
c) AUMENTO DE LA ATENCIÓN TECNOLÓGICA Y DEL ENCARNIZAMIENTO
TERAPÉUTICO: el último giro en la espiral es que el PS con el sentimiento de culpa
que le genera su conducta y sus actitudes quiere expiarse pagando con tecnología lo
que retira de afectividad y humanismo… así se convierte el morir hospitalario en algo
solitario y vergonzante con el atrezzo de toda una tramoya de aparataje como esté-
ril sucedáneo del calor y del afecto humano; es decir SE HAN EMPEORADO LAS
CONDICIONES DE MUERTE, alargándose la agonía, gracias al encarnizamiento
terapéutico, convirtiéndose el morir hospitalario- como nos recordaba KÜBLERROSS
[65]- en algo “solitario, mecánico y deshumanizado” . Aunque, en realidad, el
PS no es culpable de manifestar estas actitudes y comportamientos habida cuenta
que están mediatizados por las carencias de formación profesional en técnicas de
comunicación [66] y en técnicas de afrontamiento ante la situación que plantea el
enfermo agonizante [67].
Así, una FORMACIÓN ADECUADA debería fomentar unas actitudes más adecuadas hacia
el enfermo terminal, que deberían ser [68]:
1) Tomar consciencia de sus necesidades fisiológicas, sobre todo en lo referente al alivio
del dolor físico y psíquico.
2) Desarrollar habilidades y actitudes de observación y escucha para poder identificar adecuadamente
sus necesidades específicas.
3) Atender adecuadamente las necesidades informativas de los familiares y allegados.
4) Atender y ser sensible a las necesidades espirituales y religiosas del paciente.
5) Facilitar y disponer las mejores condiciones posibles del entorno, que hagan más cómodo
y acogedor el habitáculo del enfermo, tanto para él como para sus familiares.
(A este respecto son elocuentes los distintos documentos sobre “Derechos de los moribundos”,
“Declaraciones de Cuidados Paliativos”, “Testamentos para la etapa final”, etc…).

5.- CONCLUSIÓN:
Nos guste o no, el hospital se ha convertido en el marco institucional que engloba y recoge
en Occidente el proceso de morir (hasta los años 50 el 80 % de las muertes tenían lugar en casa
y apenas un 15 % en el Hospital; hoy casi el 75 % de la muerte urbana se ubica en el medio hospitalario
[69]]… sin embargo no se han dotado los medios pertinentes de infraestructuras materiales
y personales para acoger esta nueva praxis (aunque creemos que lo mejor sería morir en casa).
Cómo nos indican Cabello Mohedano et al [70] se precisan de componendas inaplazables ÉTICAS
y ESTÉTICAS.
§ Éticamente no se debe alargar la agonía estérilmente, delimitándose el punto de frontera
que permite respetar la DIGNIDAD HUMANA, aliviándola de una fría supervivencia
tecnológica.
§ Estéticamente dotando a los hospitales y al P.S. de medios y conocimientos para atender
las necesidades BIOPSICOSOCIALES (somáticas, afectivas, emocionales y espirituales)
que el paciente demande, centradas en la DIGNIDAD DEL BIEN MORIR.
Por su parte, D.J.Roy ha sintetizado las condiciones esenciales del MORIR CON DIGNIDAD
de la siguiente manera [71]:
1) Morir sin el estrépito frenético de una tecnología puesta en juego para otorgar algunas
horas suplementarias de vida biológica.
2) Morir sin dolores atroces que monopolizan toda la energía y la conciencia.
3) Morir en un entorno digno del ser humano y propio de lo que podría ser un momento
hermoso.
4) Morir manteniendo con las personas cercanas y queridas contactos humanos sencillos y
enriquecedores.
5) Morir como un acto consciente de quien es capaz de realizar el difícil “ars moriendi”.
6) Morir con los ojos abiertos, dando la cara valientemente y aceptando lo que llega.
7) Morir con un espíritu abierto, aceptando que muchos interrogantes que la vida ha abierto
queden sin respuesta.
8) Morir con el corazón abierto, es decir con la preocupación del bienestar de los que
quedan en vida.
Así cada cual recuperará el protagonismo existencial de su propia muerte y es que la muerte
nos pertenece y a ella pertenecemos, y pese a todas las dádivas y ofrendas tecnológicas es insobornable
e implacable. Podemos negarla o ignorarla, jugar al como si no, pero a todos nos espera,
y temerla o disfrazarnos con catéteres y aparatos no evita que nos aguarde a todos en nuestra propia.

Actitudes psicológicas ante la muerte y el duelo
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By | 2017-11-13T23:53:51+00:00 noviembre 13th, 2017|Funeraria Bariloche|0 Comments

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